
Las personas que tienen alguna discapacidad pertenecen a una minoría, a ellas se les ha negado toda posibilidad de resolver sus necesidades afectivas y sexuales, entre otros motivos, debido a la concepción reduccionista de la sexualidad que ha existido durante años, en la que la sexualidad estaba unida a la procreación dentro del matrimonio. La persona con discapacidad se consideraba no apta para casarse o vivir en pareja y tener hijos y cuidarlos, por lo que no tenía sentido ni era necesario abordar este tema. A su vez, se presuponían manifestaciones sexuales impulsivas, no controladas y muy peligrosas, por lo que desde los planteamientos de la educación el objetivo prioritario era conseguir que no se despertara en ellas la necesidad sexual y controlar sus manifestaciones de forma represiva. Las personas del entorno tenían miedo a que estas manifestaciones se convirtieran en conductas obsesivas, al riesgo que ello conllevaba y a la vulnerabilidad ante cualquier tipo de abuso. Como conclusión, se podría decir que estas personas son observadas como el objeto de deseo de otros, ya que, se les presupone carentes del suyo propio y sin identidad sexual propia.
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